Korea flor de hoy y aroma de ayer

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El exótico mundo social que aparece en la Korea de hoy, todavía signada por la separación de Norte y Sur, es un campo fértil para la investigación social, antropológica e histórica; vale la pena ver, vivir y sentir la Korea de hoy para asombrarse ante impensados sincretismos míticos, religiosos y filosóficos, admirar el arte, las costumbres, los sueños contrastados con las formas psicológicas de una Korea moderna inoculada por la semilla occidental.

La eclosión de unos parámetros de vida diferentes domiciliados mediante una serie de instancias, la más dramática de ellas, debió ser la guerra que la dividió proclamándose, en 1948, la República de Korea. Hoy, al mismo tiempo, subsiste la magia del ritual del espíritu, el aroma de lo femenino así como también las fuertes influencias de poderosas visiones filosóficas (siglos I d. C y IV d. C), como los son las de Confucio y Buda.

Gobernando la dinastía Choson, cuyo período se extendió desde el siglo XV al siglo XX, la doctrina confucionista llegó a su cumbre y permaneció como el modelo de la familia tradicional. Este modelo basado en ciertos valores morales y en el respeto de determinadas jerarquías sociales tomó como referencia las cinco relaciones confucianas: Padre e hijo, marido y esposa, xoberano súbdito, hermano mayor y hermano menor, amistades. El modelo social confuciano fue la carta magna que rigió todo el espectro de relaciones entre las personas.

Se pensaba que los cambios naturales, en la cultura coreana, seguirían siempre un proceso lento, casi milenario, al típico estilo oriental. En este sentido se los identificaba como pueblos con tradiciones rígidas, casi inamovibles, donde las transformaciones ideológicas y sociales se sucedían a velocidades geológicas y esto como consecuencia de una mentalidad más bien homogénea, resistente a la tentación de variar, al riesgo de la novedad.

Hoy, en franca discrepancia con este prejuicio, se asiste a una transformación abrupta, inusitada, jamás concebida, que no es otra cosa que el salto, sin intermedios, de una sociedad patriarcal, patrilineal y patrilocal a una sociedad moderna, cosmopolita, industrial y capitalista que se abre al mercado y al estilo de vida occidental.

Cuando antes, la estructura social, estaba determinada por factores tales como la edad, el sexo, la generación y el estatus; ahora se respira otro aire. En efecto, comienza a circular otro poder que crece: el poder del mercado, la emancipación de muchas dependencias obligadas en el modelo de vida confuciana, el comienzo de la liberación femenina en esta parte del mundo. Pero no sólo acarrea estas cuestiones.

También incrementa la opción de pensar de otra manera, de concebir el mundo desde otro ángulo aun cuando se vive entre el pasado y el futuro, en la ambigüedad de lo propio y ajeno, cuando se debate respecto a si la evolución conlleva a una pérdida de la identidad o si no es la identidad un flujo en continuo cambio.

Así es como un universo se amalgama en otro. Casi hasta lo imposible se aproximan idiosincrasias diametralmente opuestas que abismadas y espejadas son un espectáculo imperdible, un fenómeno de impresionante riqueza humana.

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